-Moraleja-dijo el narrador-: la locura es una flor en llamas. O en otras palabras, es imposible inflamar las cenizas muertas, frías, viscosas, inútiles y pecaminosas de la sensatez.

Angela Gorodischer
en La resurrección de la carne.

4.1.12

Buenas intenciones



El sonido del teléfono la despertó. Tanteando entre las sábanas como una ciega atendió. El hola quedó colgando en el aire de la habitación en penumbras. Tardó en darse cuenta que era un mensaje de celular. Sonrió pensando en la trampa que se había jugado. Cuando eligió el Old Phone y sacó el de Caribbean Tropic , no tuvo en cuenta que le pasaría lo de ahora. Era sólo un mensaje de texto, pero ese sonido , de teléfono viejo sonando, estaba grabado en su memoria indefectiblemente. Ahora atendería los mensajes de texto tan rápido como los llamados. No sabía bien por qué siempre conservó esa culpa de un teléfono sonando sin ser atendido.  Pero la llevaba consigo. No lograba hacer oídos sordos. Quién sabe, le decía a su hermana años atrás, quién sabe quién quiere decirme qué. Quién sabe.  Un teléfono salva vidas, había leído en las publicidades de telefónica cuando dejó de ser ENTEL.  Quién sabe.
Hoy lo sabía. No era nadie a punto de colgarse de un árbol. Nadie reclamaba su presencia en ningún lado desesperadamente. Sólo un mensaje de texto que decía: a todos mis amigos, les deseo un muy feliz año nuevo y que se cumplan todos sus deseos.
Hoy era el último día del año. Había pues que disfrutarlo. Que exprimirlo.
Lo sintió en la calle, cuando salió a hacer las compras para llenar su heladera. La gente deambulaba por las tiendas con ojos desorbitados, necesitaba encontrar eso que buscaba,  en algún lado lo habría de conseguir. Antes de que termine el año. Mañana todo sería distinto.
Sí , distinto, se dijo.  Sabía que no era cierto, pero se lo dijo, como contrariando una vieja fórmula que como el sonido del Old phone de su celular, guardaba en su memoria. Todos los días son iguales. Las estrellas siguen girando. El sol saliendo. Y la lluvia formando charcos. Mañana, sabía, no habría cambiado nada. Sin embargo se dijo que sí. Que por qué no. Que debería aprender a confiar. En horas comenzaría el nuevo año.  Ella sería una más de las que esperan ilusionadas el cambio. Como el estreno de algo. Se daría un gusto para acabar bien. O dos. No sabía. Miró el puesto de flores y sonrió. Algo distinto se dijo.
Caminó bajo el sol un par de cuadras. Había un fiambrería nueva en el barrio donde vendían queso brie. Eso. Se compraría un poco de queso brie. Y pan negro. El dulce ya lo tenía.
Caminaba firmemente hacia su destino, no soportaba la idea de encontrar su deseo cerrado, pero mirá qué tonta…  llamarle destino a la fiambrería. No. Apuró el paso. Dejó de ver vestiditos de verano. Frescos , livianos, a la moda. Ella nunca iba a la moda. Bah, antes sí. Sí? Bueno, no importaba mucho eso ahora. La cuestión era llegar rápido a la fiambrería y ver la horma de brie. Sería feliz el último día del año. Eso le abriría la puerta de la felicidad en el año que llegaba, quién sabe si la cosa era más fácil de lo que suponía.
Abrió la puerta y se dio cuenta que para la felicidad hay que sacar número. Y esperar. Como todo buen vecino. ¿Por qué número van?, pregunto amable. Diecisiete papelitos la separaban de su felicidad en forma de brie. Sí, estaba dispuesta. Por qué no. Ahora no se iba a echar atrás. El que quiere celeste que le cueste.  Al final nunca probó a ser igual a los que criticaba. Siempre invertía los planes. Así nunca su vida tomaría el rumbo que debería. Espero mirando niños ajenos. Sonriéndole a los fiambres. ¿Tan poco esfuerzo daría resultado? Claro que sí. Pensó en ir a la vereda a fumarse un cigarrillo.  Los dejó en la cartera. Anoche. Cuando llegó no fumó. Era muy tarde. Se metió entre las sábanas y leyó un rato hasta que amaneció. No fumó. Los cigarrillos ahora estaba en la cartera colgada de la silla de la cocina. Bueno, era un buen signo. A esperar como todos. Ahí estaba el secreto. No haría nada que los demás, los normales, los felices, los desorbitados por comprar en el último minuto, no hicieran. Eso. Una más.
Le encantó como el dueño de la fiambrería se saludaba con un hombre gordo con una nenita. Le hizo acordar a su viejo. La sonrisa, el augurio, la honestidad, el laburo, después la sidra y las lágrimas de emoción por un año más. Así era antes. Así sería ahora. Retomaría ese hilo roto que no se acordaba bien cuando fue que se cortó, ni por qué. Y con su brie y su normalidad sería, como todos, feliz.
Llegó  a su casa habiéndose comprado un short que vio en liquidación. La empleada le dio una bolsa tan linda, con flores… y una cinta preciosa. Pero no hace falta!, se escuchó decirle, te va a salir más cara la bolsa que el short! Qué estúpida. Siempre ese sentimiento de culpa venía a alborotarle los deseos. Una vez que se le estaban dando bien las cosas…¿qué le importaba si le salía más caro o más barato, qué sabía ella cuánto costaba el short en realidad, si quizá lo hacía alguna inmigrante mal paga y en negro, con un vaso de gaseosa y un ventilador cerca, quizá hacía 100 o 200 de estos shorts por día,  y le pagaban dos mangos ¿y los nenes?... sus nenes andarían entre las máquinas de coser, aspirando ese hilo que condensaba el aire, y . No es nada, le escuchó a la empleada. ¿Te puedo pagar con tarjeta? Síiii! Ah, qué bien. Buena chica la empleada. Esto es tuyo. Gracias! Y buen año! . Eso, para vos también, felicidades! Dijo, y salió con su bolsa hermosa, al sol, a los ojos desorbitados de un pasado el mediodía del último día de año.
Se reía. Se sentía tan integrada a ese mundo de normales , tan fácil le era todo, tan lindo. Saludó a la florista, y se sintió un poco culpable de no comprarle , pero la florista le devolvió el saludo y le dijo buen año. No, si esto de cambiar no era tan difícil. Cada vez se convencía más.
Llegó a su casa, y puso el brie y el pan negro sobre la mesa. Sacó el dulce de la heladera. El jamón. El jamón estaba en paquete cerrado. De papel, como a ella le gustaba. Mmmm…qué bien! Como antes! Nada de plástico. Abrió el paquete de papel y sin darse cuenta tiró el del pan negro con semillas al suelo. Sonrió. Vamos che, se dijo, no empecemos. Levantó el paquete, le sacó el alambrecito celeste que lo cerraba y esta vez cayó el alambrecito . Ma que me importa, dijo mirando al alambre sobre las baldosas. Le pongo otro, no lo pienso levantar. Sacó dos rodajas de pan y metió la mano en el paquete de fiambre para sacar unas fetas. ¿Por qué se pega el fiambre? Por qué lo cortan tan finito! ...o quizá esté viejo. Lo olió. Rico olor. Ah, ya sé, me pongo el short y desayuno. Mientras el agua del mate se termina de calentar. Se puso el short. Se vio las piernas blancas. Parecía un pavo. ¿Así son los pavos de año nuevo, o esos son los del día de gracias a los que Obama les perdonó la vida? Bueno, las piernas blancas pero el short tiene lindo estampado. Se estaba mirando el culo subida al bidet del baño cuando escuchó el sonido de la pava. Ma sí, se me hirvió el agua. Apagó la luz del baño y le sacó la etiqueta al short.  Llegó a la cocina y apagó el fuego. Levantó el alambre celeste. Sacó dos jirones de jamón y los puso uno en cada rodaja de pan. Cortó una feta de brie, la dividió en dos y la repartió sobre el jamón. El dulce. Una cucharita para el dulce. Se dio vuelta y quiso abrir el cajón de los cubiertos . Atascado. Pero la putaquemeparió! Metió la mano como pudo. Tanteó. Qué mierda es lo que…acercó una silla y se sentó. No encontraba lo que lo trababa. Tironeó fuerte y vio que la madera cedía. Así no lo voy a conseguir, se dijo. Así voy a romper todo.
Sacó la mano y se la miró, tenía marcas rojas y le temblaba por el esfuerzo. ¿Y sin dulce? Ma sí. Se levantó de la silla y buscó las rodajas de pan. Agarró una y de dio un mordisco. Así no es la cosa! No me va a poder, quiero mi pan con jamón, el brie y el dulce . Todo junto . Así. Como en un giro de taekwondo se dio la vuela y tiró fuerte del cajón de los  cubiertos. Tenía la rodaja de pan entre los dientes apretados y se le cayó el brie primero sobre su teta y después siguió camino hasta el piso. El jirón del jamón todavía colgaba de su boca junto al pan. Saltó la madera del mueble y se quedó con el cajón en una mano. Los cubiertos tapaban el brie. Con la otra mano se quitó el pan con jamón de la boca. Lo tiró ahí, sobre la mesada. Apoyó el cajón vacío sobre la silla. Agarró una cucharita del piso. Abrió el dulce y sacó un poco. Se lo puso al pan. Mordió.
El sonido del celular comenzó a sonar con el nuevo ritmo. El old phone. Sería otro amigo deseándole felicidades. O quizá alguien que se quería colgar de un árbol. ¿Y? ¿Alguno le iría a arreglar su despelote de cubiertos, alguno le devolvería el brie al pan, le podría agua fría al agua hervida? ¿Entonces?
Miró el reloj. Nadie se suicida a esta hora, pensó. Es la hora de la siesta. Se fue al dormitorio todavía en penumbras. Se deslizó entre las sábanas.  Mañana sería distinto.

6 comentarios:

Rob K dijo...

Aparte de sonreír con la fina ironía de su relato, recordé tiempos muy lejanos en los que había un único teléfono en la casa, fijo, que ejercía su poder tiránico: cuando llamaba era menester ir casi corriendo a atenderlo, a quien llamase no podía hacérsele esperar y el asunto siempre podía ser de vida o muerte (aunque por lógica nunca, o poco menos, lo fuese).

Saludos.

D.Laurencich dijo...

Esa tiranía del teléfono me hace pensar en una relación distinta con el otro. Los teléfonos figuraban en guías impresas, que estaban hasta en los bares! Se llamaba al otro cuando había tiempo de hablar o cuando algo pasaba. De ahí que no se podía dejar que suene mucho tiempo, En el primer caso, era como rechazar a una visita, en el segundo, negarle nuestra posibilidad de ayuda a alguien desesperado. Existía, me parece, esa solidaridad, que fue anulada con los teléfonos celulares. Me acuerdo cuando salieron los primeros informes en contra de que los púberes usaran con la anuencia de sus padres , un teléfono móvil. Claro! decíamos los que somos padres, para qué quieren uno! Después pasó a ser necesario para controlarles su existencia, más que para saber cómo están, y ahora todos nos acostumbramos a ver a los chicos tecleando y tecleando , poner filtros para no atender, mandar mensajes, escuchar música, aislarse.
Es difícil explicar qué nos aconteció a nosotros, los del teléfono fijo, ese aparato negro que estaba en un solo lugar de la casa, y sonaba con un ring riiing inconmovible, cuando pasamos a la era del teléfono de colores, con diversos ring tones, con imágenes, fotos, señales luminosas y largos etcéteras no?
Saludos Rob K

MariluzGH dijo...

Por aquí decimos eso de 'quien la sigue la consigue', eso te ocurrió con la cucharilla para el dulce;

ahora la pregunta ¿dulce de leche?, ¿dulce de membrillo?... a mi me encanta mezclar el sabor salado con el dulce, y el queso brie; probaré tu receta en cuanto me aclares qué dulce

abrazos de nuevo año, Di; el de la "regeneración" según los mayas.

dodo dijo...

A veces, ir a la cama es la mejor opción, trust me, i know ;-)

La pesadilla para los adolescentes de la época del teléfono fijo: el se encontrava en la entrada o en el salón, así era impossível de hablar con un poco de privacidad- con padres o hermanos pasando por ahí toda hora...

D.Laurencich dijo...

Mariluz, el dulce tiene que ser un dulce rojo, si es alguno terminado en berry mejor. Si no, un dulce de fresas. Hay una receta alemana, que probé a mis 23 años, y que para mí es la mejor de todas las comidas: el brie empanado y frito, servido sobre una hoja de lechuga de la blanca, no me acuerdo como se llama ahí en España, aquí le decimos manteca, y sobre el triángulo de brie, una cucharada de dulce de moras! ugh qué rico! Beso Mariluz y buen año regenerativo!

D.Laurencich dijo...

Totalmente de acuerdo con vos Dodo! :
la cama es el mejor remedio a muchos estados!

Y también acuerdo con la pesadilla!, mis hermanos mayores en casa, habían hecho un alargue para llevar el teléfono hasta su habitación, así que el cable cruzaba tooodo el pasillo!