-Moraleja-dijo el narrador-: la locura es una flor en llamas. O en otras palabras, es imposible inflamar las cenizas muertas, frías, viscosas, inútiles y pecaminosas de la sensatez.

Angela Gorodischer
en La resurrección de la carne.

19.2.12

Otra noche sin dormir


Desde que llegué a esta ciudad, el jueves pasado, no puedo dormir. Me levanto de la cama e intento poner la mente en foco. Acompasar con el cuerpo la torpeza de la mente. Pero es más tonto el cuerpo. Es casi bobo.
No logro pensar, ni escribir, ni concentrarme en nada.
Me despierto sobresaltada de sueños con grandes carreras que no conducen a ninguna parte. ¿Será el documental Vals con Bashir, qué vi el otro día? ¿O el de ayer, A Valparaíso?
De cualquier forma, corro durante la noche arrastrando cuerpos, como los personajes de la novela Tiro de Gracia, de la Yourcenar, que leí hace poco.

Guerra.
O destrucción, en ese estado está mi subconciente durante la noche. 
Y yo , apenas una estudiante de arte de veintipocos años, encerrada en un cuarto de universidad en ruinas, con un lavabo que pierde atado con hilo de pizza, supongo, no veo claramente cuál es el hilo que ata el grifo con herrumbre y del que siempre caen gotas, manchando el lavabo y haciendo más lúgubre el pequeño lugar, yo escribo. Escribo poesías e intento ordenarlas. Las traduzco a varios idiomas y hago como presentación una farola china, o una de esas guirnaldas que se usaban en los cumpleaños cuando era chica, una celeste turquesa, es la que más me gusta para iniciar mi libro, debo presentárselo a un profesor medio ruso, medio francés. Escribo en francés y alemán. Supongo me entenderá. Y armo el libro. Pero se me destartala cuando lo voy a presentar. Entonces corro. Salgo de mi cuarto en la Universidad de Arte, pago el canon por salir, como si le pagara una coima a algún empleado público que cede porque tiene hambre, y corro. Corro con sobrevivientes a cuesta, con muertos al hombro o sola, a veces llego a habitaciones desoladas adonde las mujeres son putas gordas que no pertenecen a esta guerra. Otras veces llego a sitios altos, como las cuestas de Valparaíso, más y más esceleras, más y más subir, me pesa el subir, pero huyo de algo. O salvo a alguien. Uno distinto cada vez. Mi pashmina roja se enrieda, pero nunca la pierdo, tengo el buen sino de rescatarla a último momento. Eso me retrasa la carrera. Llego a lo alto de las escaleras de metal en zonas devastadas por la guerra. Y cuando no pasa ningún camión con soldados, me tiro al mar. Creo que es mar, creo que es cielo, pero nada de eso es. Cuando al fin floto, son pocos los segundos de felicidad, de libertad que tengo, todo termina en una dureza de la que me despierto.
No grito. No lloro. Sólo despierto y no encajo la mente en las cosas cotidianas.
El cuerpo tiene una torpeza que no la conocía en el sueño. El cuerpo pesa y no es ágil.
Escucho voces. Entran por las ventanas. Llueve. Miro hacia la única luz que está encendida en la casa . Mi hijo. Tal vez él  esté de mejor humor. Tal vez tampoco haya podido dormir. Le cuento que quiero cambiar los colchones, el orden de las habitaciones, las camas de lugar. Accede a lo segundo y a lo tercero. Lo primero no le interesa. Tu colchón es viejo, le digo, así no podés dormir cómodo. Me hace un gesto. No le interesa. Pienso en cómo conozco a mi hijo. De dónde. Cuándo.
Le digo que no aguanto más el ruido de esta casa, a vos no te molesta. Asiente. Creo que me voy a ir. Asiente.
No puedo escribir, no puedo pensar.  Sufro. Odio. Qué raro, hacía un tiempo largo que no usaba esa palabra. Me la vedó alguien diciendo que era muy fuerte, hace unos años. Me arrepentí, hasta que la leí en los diarios de Alejandra Pizarnik, y la volví a usar. Es una expresión de una persona trágica. Ella lo era, yo también. No pasa por la maldad. Pasa por  la gravedad del asunto, del disgusto con algo. Yo odio, sí, odio esta casa tanto como la amo. Acá me crié, acá me besé con mis novios, acá me peleé con mis hermanos, mentí a mis padres, hurdí fiestas, me reí, me eduqué, escribí mi primera poesía y mi última novela, esperé despierta la llegada de mi único hijo, despedí a mi madre de esta vida, abracé a mi viejo en su silla de ruedas después de cuatro años de no verlo. Acá también cuidé hijos ajenos. Ahora no veo a ninguno. Estoy vieja. Soy un mueble usado para ellos. No saben lo que el mueble contiene. No los saben. Pero a ellos no los odio. Sólo los compadezco por dejar pasar el tiempo, este tiempo de poder hablar desde la lucidez que todavía tengo.
Mi hijo busca una pinza para sacar de una mesa unos clavos que ya no se usan . Él todavía construye, cuando no detiene el tiempo en sus juegos cibernéticos, pero mientras tenga algunos libros en su mesa de luz a medio leer, no me parece que todo esté perdido. Dostoievsky, London, Hesse. No tengo de qué preocuparme.
Va clareando cada vez con más rapidez. Por  suerte es domingo de carnaval. Ya los gritos se acallaron y los colectivos ralean.
Puedo volverme a dormir. Quizá descubra hacia dónde corría hoy.





5 comentarios:

marinatecuenta dijo...

Danixa, uauuuu, no había leido nunca antes nada tuyo y te seguiré leyendo. Gracias. Ahora, al margen, no entiendo, x algo está en el blog de ingrid? Saludos

D.Laurencich dijo...

jaja...una larga historia, este blog es mío...uno de los tantos. Beso Marina! y gracias por darte una vuelta.

marinatecuenta dijo...

otro día tendré la "larga historia"? m intrigaste.
un placer la vuelta q di

MariluzGH dijo...

Reportando Señora... cuéntame qué ha pasado, dime que tú y los tuyos estáis bien, porfa.

Te dejo tres abrazos, con el corazón encogido hasta tu respuesta

D.Laurencich dijo...

Marina, espero poder contártela en forma de película...jajaj... beso y un placer tu visita!

Mariluz, estamos bien, sí, calma mujer, son sólo reflexiones y sueños. La locura está adentro.