-Moraleja-dijo el narrador-: la locura es una flor en llamas. O en otras palabras, es imposible inflamar las cenizas muertas, frías, viscosas, inútiles y pecaminosas de la sensatez.

Angela Gorodischer
en La resurrección de la carne.

1.5.10

del 1 al 4...si sabéis contar.








Hablaré poco, y seguramente no despegaría los labios si mi silencio no pudiera interpretarse como un cobarde asentimiento a la comedia que se acaba de desarrollar. Lo que aquí se ha procesado es la anarquía, y la anarquía es una doctrina hostil opuesta a la fuerza bruta, al sistema de producción criminal y a la distribución injusta de la riqueza. Ustedes y sólo ustedes son los agitadores y los conspiradores.

Michael Swabb


En casi todo el mundo, el 1 de mayo se celebra el Día Internacional de los Trabajadores con manifestaciones, discursos, reuniones y llamados a la solidaridad y fraternidad de los trabajadores de todo el planeta. Ese día se conmemora un evento que tuvo lugar a fines del siglo XIX en Estados Unidos, que llamativamente es uno de los pocos países industrializados en los que el día de los trabajadores no es feriado. Recordemos la historia de esos sucesos.
Un largo camino de lucha por el reconocimiento de los derechos sociales

En 1884, la convención de la Federación de Sindicatos y Uniones de Trabajadores de Estados Unidos y Canadá (FOTLU por sus siglas en inglés, Federation of Organized Trades and Labor Unions), aprobó una resolución por la cual instruía a las organizaciones locales a luchar con el objetivo de que, para el 1 de mayo de 1886, la jornada laboral estuviera limitada a ocho horas. A esa decisión se sumaron los Knights of Labor (Caballeros del Trabajo) y la Asociación Internacional de Trabajadores (IWPA por sus siglas en inglés), las otras dos uniones sindicales importantes de Estados Unidos. Pronto, decenas de miles de trabajadores se sumaron a la iniciativa. La participación fue particularmente intensa en la ciudad de Chicago, donde más de cien mil trabajadores comenzaron a militar por la jornada de ocho horas. Por su parte, los periódicos y empresarios locales predecían que se desatarían episodios violentos y se prepararon para ello, hasta el punto que la Guardia Nacional organizó un operativo especial.

El 1 de mayo de 1886 se organizaron masivas manifestaciones en todo el territorio de Estados Unidos: más de 300 mil trabajadores de 13 mil empresas de todo el país abandonaron sus trabajos en la primera celebración del día de los trabajadores de la historia. En Chicago, el epicentro de la agitación por las ocho horas, cuarenta mil trabajadores entraron en huelga y 90 mil personas participaron de las manifestaciones. En su edición de ese día, el Chicago Mail advertía que “Hay dos rufianes libres en esta ciudad: uno de ellos se llama (Albert) Parsons y el otro (August) Spies [dos líderes obreros radicales]. (…) Son responsables por cualquier problema que ocurra hoy”. Sin embargo, las manifestaciones fueron pacíficas.

Dos días después, el 3 de mayo, había ya 65 mil trabajadores en huelga en Chicago que reclamaban por la jornada de ocho horas. Entre ellos, estaban los empleados de McCormick Works, a los que se unieron otros trabajadores cercanos para intentar evitar que algunos rompehuelgas entraran a trabajar. Casi al final de la jornada y tras algunas escaramusas, armas en mano, la policía de Chicago arremetió contra los huelguistas y disparó contra la multitud, matando a seis manifestantes. Inmediatamente se convocó una concentración para el día siguiente en Haymarket Square, para protestar contra la violencia policial. A esa reunión del 4 de mayo concurrieron tres mil personas, entre ellas el alcalde de Chicago, que pretendía garantizar que el mitin se mantuviera pacífico. Había, además, 180 policías que habían recibido órdenes de dispersar a la multitud ante el primer signo de violencia. August Spies hizo responsable al Departamento de Policía por los asesinatos del día anterior, mientras que Albert Parsons dio un discurso en el que describió lo ocurrido, pero insistió en que era preciso evaluar cuidadosamente las acciones a adoptar. Aunque el alcalde informó a la policía que todo parecía normal, 180 policías avanzaron contra los manifestantes con sus cachiporras en la mano y exigieron que se dispersaran. En ese momento, explotó una bomba cerca de los policías que mató a uno de ellos de inmediato e hirió a 65 (7 de los cuales morirían luego). Los policías restantes dispararon contra la multitud, mataron a varios manifestantes e hirieron a 200 de ellos.


A los pocos días, siete líderes obreros (August Spies, Samuel Fielden, Michael Schwab, Adolph Fischer, George Engel, Louis Lingg y Oscar Neebe) fueron arrestados por el asesinato de Mathias Degan, el policía que murió inmediatamente por la explosión. Albert Parsons también fue acusado, pero evitó el arresto hasta el primer día del juicio, cuando ingresó en el tribunal y advirtió: “Vengo a someterme a 
juicio junto con mis camaradas inocentes”, tras lo cual comentó a un amigo que sabía que lo condenarían a muerte, pero no podía permanecer en libertad mientras sus compañeros eran condenados a pesar de su inocencia. El juicio estuvo plagado de irregularidades. El juez Joseph E. Gary permitió que un familiar de uno de los policías muertos fuera designado jurado. El fiscal no intentó probar que los acusados hubieran arrojado la bomba o conspirado para hacerlo, simplemente buscó demostrar que quien detonó el explosivo lo hizo motivado por los ideales que ellos defendían. En su alegato final, dijo: “[Los acusados] no son más culpables que los miles de hombres que los seguían. Condenen a estos hombres, hagan de ellos un ejemplo, cuélguenlos para salvar a nuestras instituciones y nuestra sociedad”. Todos fueron condenados a muerte, salvo Neebe, que fue sentenciado a 15 años en prisión. Fielden y Schwab pidieron clemencia y se les conmutó la sentencia a muerte por cadena perpetua. Lingg se suicidó para evitar ser ejecutado en público. Los demás fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887. En 1903, John Peter Altgeld, gobernador de Illinois estado donde se encuentra Chicago, perdonó a los hombres que aún se encontraban en prisión por los hechos de Haymarket. Aunque le advirtieron que al hacerlo comprometía su futuro político, Atgeld firmó la amnistía porque consideraba que ningún hombre debía permitir que su ambición impidiera un acto de justicia: el juicio había sido orquestado y los acusados condenados sin existir evidencia alguna en su contra. La prensa estadounidense, desde el Washington Post hasta el New York Times, condenó al gobernador de Illinois por su decisión. 



En 1889, el congreso de París de la Internacional Socialista aprobó una resolución por la cual convocaba a una manifestación internacional por la jornada de ocho horas para el 1 de mayo de 1890, día en que se produjeron concentraciones en EE.UU. El evento se concretó en muchos países europeos, Chile, Perú y Cuba, entre otros lugares. En 1891, el Día Internacional del Trabajo se conmemoraba también en Rusia, Brasil e Irlanda; China se sumó en 1920 y en 1927 se agregó India. Lo curioso es que, aunque casi todos los países del mundo recuerdan el 1 de mayo los sucesos ocurridos en Chicago, en Estados Unidos los sindicatos se volvieron lentamente más conservadores y apoyaron la fecha dispuesta por una ley federal de 1894: el primer lunes de septiembre. A pesar de eso, y en conmemoración de la lucha obrera por la jornada de ocho horas, el 1 de mayo aúna todavía hoy la celebración festiva y el recuerdo de los muertos en defensa de los derechos de los trabajadores.



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                                           Afiche conmemorativo del
                                       Día Internacional del Trabajador. 

                                 Fuente: IWW.
Fuente: http://www.educared.org.ar/biblioteca/calendario/fechas/05/05_01.ASP


Adolph Fischer, redactor del periódico Arbeiter Zeitung, corrió hacia la imprenta del periódico para imprimir 25.000 octavillas(hecho que luego se utilizaría como principal prueba acusatoria en el juicio que lo llevó a la horca). Las mismas proclamaban:
Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormick, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza!
¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria.
Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo.
Es la necesidad lo que nos hace gritar: ¡A las armas!.
Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y a sus padres fusilados, en tanto que en los palacios de los ricos se llenaban vasos de vino costosos y se bebía a la salud de los bandidos del orden...
¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís!

¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!.
La proclama terminaba convocando un acto de protesta para el día siguiente, el 4 de mayo, a las cuatro de la tarde, en Haymarket Square. Se consiguió un permiso del alcalde Harrison para hacer un acto a las 19.30.
El 4 de mayo a las 21:30 el alcalde, quien estuvo presente en en el acto de Haymarket Squarepara garantizar la seguridad de los obreros, dio por terminado éste. Pero el mismo siguió con gran parte de la concurrencia (más de 20.000 personas). El inspector de la policía John Bonfield consideró que habiendo terminado el acto no debía permitir que los obreros siguieran en ese lugar, y junto a 180 policías uniformados avanzó hacia el parque y empezó a reprimirlos. De repente estalló entre los policías un artefacto explosivo que mató a un oficial de nombre Degan y produjo heridas en otros. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un número desconocido de obreros. Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros, los cuales fueron golpeados y torturados, acusados del asesinato del policía. Se realizaron cantidad de allanamientos y se fabricaron descubrimientos de arsenales de armas, municiones, escondites secretos y hasta "un molde para fabricar torpedos navales.

4 comentarios:

Randle dijo...

Ojalá esta palabrería sirva algún día para algo.

D.Laurencich dijo...

sí Randle, sirve...sigo en tu blog y te explico por qué.
salud!

daniel cimadevilla dijo...

y yo que creía que era un invento del "general"....
1beso

D.Laurencich dijo...

jaja...podría ser también eh?
beso